Las adicciones están plagadas de prejuicios e incomprensión aun entre el personal sanitario. La incomprensión social de los adictos es producto de un prejuicio, de la ignorancia y de una mala interpretación, por lo que es tarea de la educación en salud mental combatirla y desmitificar todo aquello que se requiera para reorientar la buena voluntad social.

Veamos 3 de los principales errores a la hora de interpretar la adicción:

  1. La adicción está relacionada con la marginalidad

En muchas ocasiones hemos comprobado cómo la adicción se entiende como un problema propio de ambientes marginales, de gente con poca formación o desadaptada… Según esa visión, las crisis económicas acarrearían una desesperación en los más afectados, quienes para afrontarlas, terminarían usando productos psicoactivos hasta convertirse en adictos.

En realidad, si el origen del problema fuese socioeconómico, personas de un cierto estatus social y económico privilegiado nunca desarrollarían la adicción. Es más, en un supuesto mundo sin pobreza no habría adicciones.

No obstante, la realidad desmiente de plano tal hipótesis, ya que ninguna sociedad o clase social parece estar protegida frente a la adicción. Hay adictos entre los desfavorecidos y entre los altos ejecutivos de las mayores empresas. Los productos consumidos pueden variar, pero el problema está globalizado. Por eso, en un grupo de terapia van a sentarse gente de todas las culturas, de todas las clases sociales, de todas las edades y con distintos niveles de formación académica.

  1. La falta de realización personal

También están los que atribuyen la adicción a una especie de vacío espiritual, que llevaría a algunas personas a buscar paraísos artificiales mediante el consumo de sustancias psicoactivas. Esto implicaría que una vida plenamente realizada podría evitar a ciertas personas la tentación de buscar en el uso de esas sustancias una ayuda para llenar ese vacío interior.

Pero no es cierto que el origen de la adicción reside en una falta de valores morales y éticos… no es una perversión. También necesitan tratamiento para adicciones personas religiosas o que han trabajado durante mucho tiempo la vida interior, la meditación, el autoconocimiento o que han practicado el yoga. Personas realizadas, con un matrimonio estable, unos hijos preciosos y un trabajo bien remunerado.

  1. Los problemas familiares

También existe lo que llamamos una «visión sistémica» de la adicción, según la cual el adicto sería el «paciente designado» por la familia disfuncional y su papel sería el de ocultar los problemas familiares detrás de su «síntoma». Sin embargo, NADA indica que la familia de un adicto aproveche en absoluto que un miembro de su familia sea adicto. Todo lo contrario: la adicción de uno de sus miembros acarrea un sufrimiento enorme y un sentimiento de impotencia y de destrucción para todos.

La prosopolepsia (de prósopon = “máscara” y lapsus = “error”, “equivocación”) significa confundir al otro con su apariencia o estereotipo social. Es lo que conocemos como una “etiqueta” o “prejuicio”. Se trata de un efecto psicológico que predispone a la distancia y altera, obstruye o imposibilita la buena relación humana, porque genera imágenes falsas, miedos y temores.

Lo peor de estos prejuicios sobre las adicciones es que dan pié actitudes y conductas inadecuadas e injustas. Si, por ejemplo, comprendo la adicción como un vicio, respondo ante ella en forma de castigo, reprensión moral, condena… Por eso, para acabar por fin con esos prejuicios, debemos realizar ejercicios como éste, que nos permiten comparar la realidad y el conocimiento científico versus la ignorancia y su falacia.

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