En primer lugar vamos a aclarar qué entendemos por “dependencia”. La dependencia avanza de forma gradual y subrepticia. De hecho, cuando una persona está obligada a beber más alcohol para obtener el efecto deseado, esa necesidad corresponde ya al concepto de dependencia. También lo es la incapacidad cotidiana de pararse después de la segunda o tercera copa. El disimulo y la negación aparecen como confirmaciones evidentes.

Son precisos 13 años, de media, para quedar enganchado físicamente con síndrome de abstinencia. Tengamos en cuenta que, encuestando en París a enfermos hospitalizados y sujetos recuperados, se ha comprobado que se empieza a beber “como todo el mundo” hacia los 19 años, y que la dependencia se hace evidente hacia los 32 años, con amplias variaciones individuales. En los Estados Unidos, la edad media de inicio de la dependencia sería actualmente de treinta años. Es cierto que allí el consumo adicional de otras drogas es más corriente. Sabemos que el 61% de la población adulta bebe alcohol en alguna medida, y el abuso de alcohol afecta a más de un millón (el 4%) de la población. 

¿Y en el caso de España? Según una encuesta recogida en la Estrategia Nacional Sobre Adicciones 2017-2024, la droga con mayor prevalencia de consumo en España entre la población de 15 a 64 años es el alcohol

(77,6%; 9,3% a diario). Estos datos corroboran al alza los datos de la encuesta del año 1993 del Plan Nacional de Drogas, donde se afirma que alrededor del 90% de los españoles de más de 16 años decía ser consumidor de alcohol. 

Con estos datos, hay que entender que la dependencia es la punta sobresaliente del iceberg de toda una gama de problemas y riesgos que conlleva el consumo de alcohol. El inicio del tratamiento del síndrome de dependencia alcohólica está en torno a los 40 años, según se deduce por la edad media de los ingresos hospitalarios.

El alcoholismo mediterráneo tradicional desarrollaba la dependencia lentamente (unos 15 años). Con el nuevo modelo de consumo, a base de atracones de fin de semana, la dependencia puede surgir en pocos años. El establecimiento de la dependencia es lento en comparación con la heroína o la cocaína, aunque en algunos casos se llega muy rápidamente a estar enganchado en función de las condiciones físicas y psíquicas del sujeto. 

Por ejemplo, ha podido verse una mujer pequeña y delgada afectada de temblor matinal, no habiendo bebido cotidianamente más que tres cuartos de litro de vino rosado durante solamente nueve meses. Recuperada, ha podido vivir sin alcohol.

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