Quienes trabajamos con personas adictas de diferentes clases sociales o lugares del mundo, sabemos que existen entre ellos una serie de características comunes. Por ese motivo, en muchas ocasiones, cuando una persona contacta con nosotros y nos pide ayuda para un adicto, le hablamos de sus conductas y terminan exclamando: “¡Parece que lo conoces de toda la vida!”

Esto ocurre porque, en contra de la opinión generalizada, la patología adictiva no es un vicio. Entenderla como un vicio sólo conlleva a prejuicios e interpretaciones equívocas. La adicción es una enfermedad y, tal y como muestran estudios tan acreditados como los de Lewis Yablonsky, posee unos síntomas o evidencias de enorme consistencia que se manifiestan en la conducta del paciente. Veamos algunos de estos síntomas:

  1. Negación

El adicto directamente niega que consuma o que tenga dificultades con la droga, el alcohol, el juego… Asegura que controla su consumo, o que ha sido un golpe de mala suerte. Es decir, que no necesita ayuda. Es más, incluso puede dejar de consumir durante un tiempo para tranquilizar a todos.

Otra forma de negar es minimizar, es decir, restar importancia: “No bebo mucho pero me sienta mal”, “llevo 15 días sin tomar nada”, “sólo bebo los fines de semana”.

Esta primera fase normalmente la vive también la familia, que trata de esconder la problemática, de negarla, de hacerse ilusiones de que su familiar no es adicto: “Es que le sienta mal el alcohol”, “son cosas de jóvenes que se corrigen con la edad”.

  1. Autoengaño

El adicto antes que engañar a los demás se dice mentiras a sí mismo… y se las cree. Su sistema cerebral de recompensa necesita que siga consumiendo y su cerebro elabora continuos autoengaños: “yo puedo dejar la droga cuando quiera”, “esta es la última vez”.

Los terapeutas, muchos de ellos adictos rehabilitados, suelen decir: “El drogadicto se droga para prometerse que no se va a volver a drogar”. No es una paradoja, es el drama que vive el adicto cuando se autoengaña.

La mitomanía es una tendencia patológica a fabular la propia realidad. Así es, el adicto más que mentir a los demás, se engaña. Mentir es algo completamente normal para él. Forma parte del mundo ilusorio que ha ido creando y en el que él cree que controla, que puede dejar de consumir cuando quiera, que nunca le ocurrirá nada negativo, que podrá levantarse pronto con un golpe mágico de suerte… llega al punto de decirse mentiras a sí mismo.

  1. Victimismo

Es la etapa siguiente a la negación. Cuando ha tocado fondo, el adicto reconoce tener dificultades, pero culpa de su problema a todos los demás. Interpreta la realidad a su modo para escudarse detrás de sus excusas: “Mi familia me controla y eso me da ansiedad”, “es que el jefe la tiene tomada conmigo”, “me pegaban de pequeño”, “no encuentro trabajo”… En lugar de responsabilizarse, el adicto reparte culpas. “Todos son culpables menos yo, que pago las consecuencias”, se repite a sí mismo una y otra vez.

En infinidad de ocasiones, la familia juega el mismo papel. Muchos padres y madres responsabilizan a las amistades, a lo nervioso que lo pone su pareja, a la mala racha que está atravesando. Generalmente promueven el aislamiento social del adicto controlando llamadas o pidiendo explicaciones de todo, incrementando así su ansiedad y agresividad.

  1. Manipulación

El adicto es especialmente hábil para identificar los puntos débiles de cada uno. Eso le ayuda a manipular o chantajear a conveniencia para terminar consiguiendo lo que quiere: consumir droga. Sabe lo que tiene que decir, a quién y en qué momento. Sabe cuándo mostrarse cariñoso o cuándo debe hacerte creer que si no le das lo que te pide ocurrirá algo aún peor… El familiar del adicto siempre debe estar atento y preguntarse: ¿Qué pretende en este momento?

  1. Deseo irresistible por la droga

Debes tener algo muy claro: el adicto sólo tiene una idea en la cabeza y es consumir. ¿Cómo y cuándo consumiré de nuevo? El adicto mantiene con la sustancia una “unión simbiótica”, es decir, una unión total. Esa unión se manifiesta como un deseo irresistible que está por encima de todo.

Por eso, es ilusorio pensar que con el amor de la novia la persona cambiará, que con la paciencia y comprensión de sus padres terminará dejando el consumo… Entre el adicto y la sustancia es difícil penetrar sólo con la buena voluntad. Se precisa ayuda especializada. ¡Muy especializada!

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