Twitter se ha despertado esta mañana de 26 de noviembre con la palabra #drogadicto en Trending Topic. La busqué corriendo imaginando su relación con la muerte de Maradona y, efectivamente, allí estaba en boca de todos sus detractores. Dicha como un insulto, una descalificación, un sinónimo de vicio y depravación, asociada a imágenes de casi todo tipo de abusos: Maradona, drogadicto.

La adicción no es un vicio, es una enfermedad. Así lo declaró la Organización Mundial de la Salud (OMS) nada menos que en 1956. Por consiguiente, la caracterizan unos síntomas y es susceptible de un diagnóstico y un tratamiento. Es cierto que algunas circunstancias de la vida desempeñan un papel catalizador en el desarrollo de esa enfermedad. En este sentido, se trata de una enfermedad con una base biopsicosocial que se ve afectada por la propensión genética, el metabolismo de cada individuo, el perfil psicológico particular y las circunstancias personales, familiares, sociales o profesionales, entre otras variables posibles.

Una gran parte de la sociedad se empeña en comprender la adicción como un vicio, es decir, como un “defecto moral”. Por eso, quienes se empecinan en abordarla desde este injusto enfoque moral, responden ante ella en forma de castigo, de reprensión o de insulto. Pero oigan, #drogadicto no es un insulto. Es más, voy a decirles algo que muchos se negarán a comprender puede que de forma torticera: quizás fue su personalidad adictiva lo que convirtió a Diego en Maradona, lo que lo deificó entre los mortales y lo elevó como un mesías también salido de entre los pobres.

La adicción es una enfermedad del cerebro y, como tal, refleja sus síntomas en la conducta. El adicto en activo es mentiroso, obsesivo, manipulador, emocionalmente lábil, agresivo en ocasiones, victimista… Son señales comunes entre quienes padecen esta enfermedad. Pero también hay dos características inherentes que no son categorías poéticas, sino ciertas: son listos, ¡muy listos! Y magnánimos de corazón.

La obsesión adictiva de Maradona con la pelota potenció su talento y su capacidad hasta el límite de lo humano. Cuando el adicto pone todo su potencial al servicio de una causa, de un deporte, de un trabajo… suele encontrar pocos rivales.

El adicto, en la mayoría de los casos, lo es por propensión genética. Es decir, era adicto antes de la primera cerveza, del primer porro, del primer consumo. Era adicto desde niño, cuando todos se iban a casa y él se quedaba con el balón; o cuando otros cerraban los libros en clase mientras ella cerraba las bibliotecas; o el otro permanecía ensayando con un instrumento musical hasta bien entrada la noche.

Hay adictos a sustancias y hay adictos a otras muchas cosas, algunas de ellas sanas y nobles. Los que destacan en algo suelen ser grandes obsesionados, toquen o no toquen las drogas. Suelen tener un perfil llamativamente adictivo.

Todos los adictos comparten idénticas señales conductuales y, ¿saben? No todas son desadaptadas. La grandeza de corazón de un adicto por lo general suele ser de tal calibre que prácticamente solo ellos tienen capacidad de rehabilitación, gracias a las renuncias generosas que esos corazones saben y pueden hacer. Decía Ch. P. Boudelaire, “los adictos cargan con una cruz de ternura inexpugnable”. Esa es su grandeza y ese, su drama. Ese es el motivo por el que a veces gozan de inmunidad social: porque sus logros y su grandeza les excede, sobre un podio o en el sencillo sofá de una casa. Esto los convierte en líderes a los que se les perdona todo porque son imperfectos.

Y es que las personas son más grandes que sus enfermedades, aunque a veces encuentren en ella precisamente lo que los hace grandes. Descanse en paz Maradona, Diego, el adicto.

Luis J. Rebolo González

Director Comunidad Terapéutica Guadalsalus

 

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